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Educación sexual integral: un eje fundamental para mejorar la calidad y la equidad de las escuelas

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En estos días en que comenzamos un nuevo año escolar, se han escuchado distintas voces que lamentan que el gobierno del presidente Boric otorgue importancia a la promoción de un programa de Educación Sexual Integral, pues, según algunos y algunas, existen otras prioridades en las escuelas, como disminuir el ausentismo escolar, mejorar los resultados de aprendizaje o revertir los problemas de convivencia escolar, entre otras. 

En primer lugar, estos problemas “urgentes” han formado parte de la historia del sistema escolar chileno desde hace tiempo, lo que deja en evidencia que su resolución no es sencilla y que ningún sector político puede vanagloriarse de contar con una receta rápida y efectiva para solucionarlos. En segundo lugar, incorporar una mirada actualizada y realista de la educación sexual no atenta contra ninguno de estos objetivos prioritarios, por el contrario, permite que la escuela abra espacios de diálogo y deliberación para guiar a sus estudiantes en temas que les afectan, que los construyen somo sujetos y que hoy forman parte de sus preocupaciones y sentires. En tercer lugar, parte importante de los problemas de convivencia en las escuelas y de violencia, especialmente la que se expresa vía redes sociales, tienen raíces sexistas y de discriminación de género, lo que hace más relevante aún que las escuelas y liceos del país asuman un rol explícito y formativo en la formación sexual de la sociedad.

¿Cuál es el problema entonces de promover un proyecto de ley o programa educativo de invite a formar sexualmente a las y los jóvenes desde la escuela? En este punto, emergen los mantras que han defendido grupos conservadores por décadas. Por una parte, se atentaría contra el derecho y la libertad de las familias a decidir qué tipo de educación sexual quiere promover en la infancia; por otra, existe una sospecha ideológica en diversos grupos de derecha y religiosos sobre todo contenido escolar que lleve las palabras ‘género’ y ‘diversidad’. 

Es fundamental aclarar e insistir que educar sexualmente al estudiantado no atenta contra la libertad de educación de las familias. Todos los proyectos de ESI presentados en Chile o aprobados en otros lugares del mundo incluyen a las familias en los contenidos curriculares. Por supuesto que las familias son claves en el desarrollo de sus hijas e hijos, pero no es menos cierto que al interior de muchas familias estos temas no se discuten, o se reproducen estereotipos sexistas o se ejerce violencia de género. ¿Tiene la escuela un rol al respecto en estas circunstancias? Incluso, para aquellas familias que sí tienen las condiciones para abrirse a hablar de sexualidad, ¿podemos saber si cuentan con información adecuada o, quizás, si les gustaría contar con otro punto de vista? La escuela en la mayoría de los países desarrollados que admiramos por sus resultados educativos, por ejemplo, Finlandia, Canadá, Islandia, Suecia, entre otros, le ofrece la posibilidad a familias, niños, niñas y jóvenes de conversar, deliberar y aprender a escucharse en torno a estos temas. La educación sexual integral es una invitación a aprender a conversar de sexualidad, de cuerpos, de respeto, de consentimiento, de afectos y de ciudadanía, entre otros. Por tanto, no perturba la consecución de otros fines “urgentes”. Estos países no han disminuido sus resultados académicos y cuentan con sendos y robustos programas de ESI.

Luego, cómo disminuir el temor que aparece en ciertos grupos, incluidos aquellos abiertamente “antigénero”, a la educación sexual integral. Este punto es el más complejo sin duda. Primero, porque los populismos de derecha se alimentan de grupos que promueven la homofobia, la transfobia y que no toleran que el mundo pueda ser comprendido con una perspectiva de género. Basta con mirar el caso de Brasil, en el tiempo de Bolsonaro, para entender el retroceso que puede vivir una sociedad cuando los discursos de odio e intolerancia cuentan con respaldo institucional. Segundo, porque muchos de estos grupos se articulan en redes, movimientos y fundaciones, operan en red, tienen respaldo financiero y no están dispuestos a dialogar con nadie. Su objetivo es imponer sus creencias, aunque ello signifique negar los derechos humanos de las personas que no cumplen con sus patrones de comportamiento. 

Por tanto, frente a estas resistencias, una vez más, la única solución es el diálogo abierto y franco con el resto de la sociedad que sí quiere conversar y formarse sexualmente. Es preciso explicar con claridad que la formación sexual empieza desde la infancia, que supone aprender a quererse, respetarse y convivir sanamente con los demás. Es urgente que conversemos sobre los cuerpos, los estereotipos sexuales, el deseo, los afectos, entre otras. ¿Por qué? ¡Porque las y los jóvenes lo hablan todo el tiempo! Ya sea a través de sus redes, la pornografía, el consumo musical, los medios de comunicación, etc. Lo que es más triste, no consideran que el mundo adulto sea un referente válido para aprender de estos temas. Entonces, ¿qué hacer? ¿Insistir que estos temas le competen solo a la familia? O abrir las salas de clases a un diálogo honesto, bien informado, que enseñe a usar críticamente la información de las redes sociales e internet y que tenga como norte aprender a vivir juntos en paz, respeto, cariño y libertad. 

La tarea es compleja pues se requiere un gran esfuerzo de capacitación de profesoras y profesores; también se necesita tiempo para invitar a las familias a formar parte de esta conversación. Pero no cabe duda de que, cuando la educación sexual integral y de calidad entra a las escuelas, mejoran muchos indicadores, como la convivencia, los aprendizajes y muy especialmente, la formación ciudadana de la población. Si queremos que las y los jóvenes asistan a las escuelas, es urgente ofrecerles un relato que les permita pensar sus vidas. La educación sexual integral es clave en este desafío.

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