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Estallido social en el Líbano tras un desplome histórico de la moneda

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  • Con el estómago vacío y alimentados por la cólera que despierta el hambre, la sociedad libanesa lleva una semana bloqueando carreteras y quemando neumáticos

  • La crisis económica también ha salpicado al Ejército que se ha negado a acatar las órdenes de una clase política ausente e incapaz de formar Gobierno

Las carreteras del Líbano se han teñido de negro. Restos de neumáticos alcanzan el cielo en forma de humo. Grupos de jóvenes ataviados con pasamontañas y guantes planean el próximo fuego que exprese su rabia. El desplome de la libra libanesa hasta un mínimo histórico ha colmado el vaso de la desesperación en el Líbano. Con el estómago vacío y alimentados por la cólera que despierta el hambre, los libaneses llevan una semana bloqueando carreteras ante la mirada impasible de unas fuerzas de seguridad al borde de la “implosión”. 

“Cada vez parece que hemos tocado fondo pero al cabo de poco volvemos a tocarlo; ¿cuándo tocaremos fondo de verdad y empezaremos a recuperarnos?”, se pregunta Lidia Helou, de 24 años. Desde 1990 –final de una guerra civil que duró tres lustros–, la libra libanesa ha estado fijada artificialmente en 1.507 por dólar. La semana pasada, el valor real de un dólar era de 10.700 libras libanesas. Ante esta caída jamás vista, los libaneses se lanzaron a las calles de todo el país movidos por la ira hacia una clase política ausente.

Cansados tras casi año y medio de movilizaciones sin respuesta, optaron por bloquear las principales vías del Líbano y el acceso a la capital. El presidente, Michel Aoun, denunció unas acciones que van “más allá de la libertad de expresión” para ser “un acto organizado de sabotaje con el objetivo de amenazar la estabilidad”. Desde el palacio presidencial, exigió a las fuerzas de seguridad que actuaran con contundencia. Pero el Ejército se negó. “Los soldados pasan hambre como la gente”, respondió el comandante en jefe, el general Joseph Aoun.

Revolución del hambre

Más del 50% de los libaneses están en situación de pobreza, y el 25%, de pobreza extrema. “Ahora ya no se trata solo de los revolucionarios del movimiento 17 de octubre, vemos a todo tipo de gente en las calles”, reconoce Akram Hajj. Este músico de 33 años lleva en las plazas desde que en octubre del 2019 miles de libaneses reclamaran el desmantelamiento del sistema sectario que rige la política. Acuciados por su peor crisis económica desde la guerra civil, ahora la sociedad libanesa protagoniza la revolución del hambre. O de la huída frente a un país al borde del colapso. 

El Líbano aún se resiente de la explosión del pasado 4 de agosto en el puerto de Beirut. Más de siete meses después, la dimisión del gobierno no ha traído un nuevo Ejecutivo. Las discrepancias entre líderes políticos de diferentes sectas religiosas han forzado al primer ministro interino a amenazar con dejar de hacer su trabajo. “Si la reclusión ayuda con la formación del gabinete, estoy dispuesto a recurrir a ella, aunque va en contra de mis convicciones porque perturba a todo el Estado y es perjudicial para los libaneses”, ha reconocido Hasán Diab, que lleva más tiempo en funciones que de Gobierno. 

“La situación se volverá peor y peor hasta que no nos deshagamos de la clase política”, denuncia Hajj. Tras dos meses de confinamiento, los casos de coronavirus en el Líbano han vuelto a aumentar. Hace un par de semanas, la llegada de la vacuna se vio salpicada por la corrupción. Mientras gran parte del personal sanitario sigue a la espera de recibir su dosis, algunos parlamentarios se saltaron la cola para inmunizarse antes que el resto. Las unidades de cuidados intensivos siguen operando al 80% de su capacidad. Además, los cortes de carreteras de los últimos días han dificultado la llegada de oxígeno a los hospitales.

“Yo sigo aquí”

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Omar Tiba fue un joven de Trípoli, al norte del país, que murió en los enfrentamientos contra la policía durante las protestas por un confinamiento sin ayudas el mes pasado. Cientos de personas resultaron heridas. El tribunal militar presentó cargos de terrorismo contra 35 manifestantes, avivando la rabia de las calles. “Los libaneses están desmotivados y han perdido la esperanza”, reconoce Hajj, “y eso es lo peor que puede pasar porque lo hemos intentado tantas veces”. 

“No es una lucha política, es una lucha por la supervivencia”, insiste Helou. El alineamiento indirecto del Ejército con las protestas en las plazas ha traído un deje de esperanza a un movimiento mermado por la crisis económica, la pandemia y la explosión del pasado verano. “Nuestra única opción es seguir reivindicando y mantenernos en las calles”, concluye Helou. “Todavía tengo esperanza, pero cada vez es menor”, confiesa Hajj, “pero, por supuesto, la esperanza sigue ahí; por eso, yo sigo aquí”.

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