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Más arrestos, desigualdad, violencia de género y trastornos mentales: ¿cómo afecta el fracaso de la guerra narco a las mujeres?

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Las mujeres están presentes en toda la cadena del mercado del narcotráfico. Unas cultivan, fabrican, distribuyen o venden las sustancias. Otras son madres o cuidadoras de las personas involucradas directamente en el negocio ilegal o en el consumo. Y están, también, las usuarias de sustancias.

Sin embargo, los estudios que desde hace más de un siglo analizan las políticas de drogas han adolecido históricamente de una falta de perspectiva de género, que es fundamental para entender realmente la problemática y diseñar estrategias públicas.

Para subsanar esa carencia, las investigadoras Julia Buxton, de la Universidad de Oxford; Giavana Margo, de Open Society; y Lona Burger, de Acción Canadá por Salud y Derechos Sexuales, acaban de editar el libro “El impacto de la política mundial sobre drogas en las mujeres: cambiando la aguja“, que disecciona el resultado de la llamada “guerra contra el narcotráfico” con un inédito enfoque de género.

A lo largo de 30 exhaustivos capítulos, que están escritos por decenas de especialistas internacionales, la obra explica por qué las mujeres se ven afectadas de manera desproporcionada por “un enfoque de políticas defectuoso”, que implica un gasto de 100.000 millones de dólares en pos del inalcanzable objetivo de “un mundo libre de drogas”.

Uno de los principales problemas, señalan, es que la mayor parte de esos recursos se destina a contrarrestar policial y judicialmente un comercio que genera ganancias por 330.000 millones de dólares al año, pero descuida la prevención y el tratamiento.

La política de drogas se conceptualiza como un fiasco políticoque persiste a pesar de la amplia evidencia del fracaso de los objetivos. Se enfatiza la ausencia de monitoreo y evaluación efectivos, evaluación de impacto, participación de las partes interesadas y transversalización de enfoques basados ​​en derechos, sensibilidad al conflicto y sensibilidad al género”, explica.

Y en ese fracaso, las mujeres han sido principalmente afectadas.

Criminalización

De acuerdo con el libro, si bien las mujeres representan alrededor del 40 % de las personas que consumen drogas ilícitas en EE. UU., los arrestos en su contra por violaciones de la ley de drogas durante la última década superaron cuatro veces los de los hombres, principalmente con condenas de posesión y uso de sustancias.

En Reino Unido, el 48 % de las mujeres bajo custodia cometió un delito para apoyar el uso de drogas por parte de otra persona, mientras que el 39 % tenía un consumo problemático al momento de ingresar a la cárcel.

A nivel mundial, hace unas décadas las mujeres representaban solo el 3,0 % de la población carcelaria, pero la guerra contra las drogas ha elevado esta cifra a alrededor del 6,0 %.

Ello se debe a que, de 2000 a 2017, el encarcelamiento de mujeres en todo el mundo aumentó en un 53 %, mientras que el de hombres creció en un 19,6 %. En América Latina, entre el 35 % y el 70 % de las mujeres encerradas cometieron delitos relacionadas con las drogas, por lo que, dependiendo del país del que se trate, estos son la primera o segunda causa de detención.

De manera paralela a la excesiva criminalización, que incluye penas desproporcionadas, la investigación destaca que es mucho menos probable que las mujeres ocupen puestos de liderazgo vinculados a la seguridad y, por lo tanto, de incidir en la modificación de políticas y leyes. Como ejemplo, cita que en 2018 solo había 17 ministras de Defensa en todo el mundo. También son escasas las ministras del Interior o Justicia, las juristas de alto rango y las juezas.

Aunque la designación de mujeres no garantiza la promoción de reformas penales con perspectiva de género, sí las incrementa, ya que en el estado actual lo que predomina es la visión masculina en el diseño de las políticas de drogas.

Lo mismo ocurre en el sistema de sanidad, en donde las mujeres constituyen el 70 % del personal a nivel mundial, pero solo ocupan el 25 % de los decanatos de las principales escuelas de medicina y salud pública.

Violencias

El libro advierte que, en todo el mundo, las mujeres y las adolescentes que consumen drogas enfrentan grandes desigualdades en el estado de salud y la atención de la salud, lo que incluye la epidemia de violencia de género que, entre otros aspectos, agrava el riesgo de que se infecten por VIH.

La violencia de género abarca múltiples formas, ya sea el abuso sexual infantil, la violencia de pareja íntima, la agresión y la trata de personas ajenas a la pareja.

Aunque los datos sobre violencia de género en consumidoras de drogas siguen siendo escasos, los estudios realizados en una variedad de entornos internacionales sugieren que padecen hasta 24 veces más este tipo de agresiones que la población femenina en general.

Además, también son víctimas habituales de las fuerzas de Seguridad. Por ejemplo, un estudio en Ucrania descubrió que el 66 % de las mujeres que se inyectan drogas habían sido abusadas sexualmente por la policía.

Uno de los capítulos más esclarecedores aborda el consumo de drogas ilícitas en mujeres mayores, categoría que, en este caso se refiere a una edad de 35 años o más, ya que, aunque puede parecer un rango joven, existe evidencia de que la edad biológica en el uso de sustancias a largo plazo es mayor que la cronológica.

“Las personas que han consumido drogas durante muchos años tienen más probabilidades de tener una salud general más precaria y más dolor corporal en comparación con los usuarios de drogas más jóvenes y la población general de la misma edad”, señala.

También precisa que el envejecimiento de la población, la disponibilidad de medicamentos y la introducción de tratamientos médicos e intervenciones de reducción de daños están contribuyendo al número creciente de mujeres mayores consumidoras de drogas.

Así lo demuestra el hecho de que las personas de 40 años o más representan una media del 19 % de todos los clientes que entran en tratamiento por drogas en nueve países europeos. En Alemania, España, Francia, Italia y el Reino Unido representan el 81 % de todos los clientes mayores en Europa.

Trastornos mentales

Según la investigación, las mujeres que consumen drogas presentan mayores tasas de depresión y ansiedad, tendencias suicidas, aislamiento y angustia psicológica generalizada, además de estrés postraumático y trastornos alimentarios.

Por ejemplo, una encuesta nacional en EE. UU. descubrió que casi la mitad de los pacientes tratados por adicciones padecían un trastorno mental concurrente.

“Las mujeres también son más propensas a tener comorbilidad múltiple (tres o más diagnósticos psiquiátricos además de un trastorno por consumo de sustancias), que involucran trastornos del estado de ánimo y de ansiedad”, afirma.

Por otra parte, las mujeres tienen más probabilidades de recibir un diagnóstico comórbido primario de depresión, mientras que a los hombres se les adjudica con mayor frecuencia un trastorno primario por uso de sustancias.

Un estudio de detección de mujeres veteranas detectó, además, que las mujeres con trastornos mentales, incluida la depresión, estrés postraumático, pánico y trastornos alimentarios, tenían el doble de probabilidades de haber consumido drogas en el último año.

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Desigualdad

El libro destaca que, a pesar de que las mujeres tienen un papel clave en el cultivo de plantas como la adormidera (materia prima para la heroína), la coca y el cannabis, así como en el tráfico y la distribución de sustancias, los roles en la economía de las drogas ilegales están altamente estratificados por género.

“Las mujeres suelen ocupar niveles bajos en las cadenas de suministro y distribución, y su acceso a los mercados está mediado por hombres”, explica.

La participación de las mujeres en el suministro de drogas, agrega la investigación, les permite mantener ingresos familiares precarios y/o cubrir los costos del consumo de drogas dependiente o casual. El problema es que, a mayores políticas represivas y punitivas, mayor es el ingreso de mujeres en el mercado ilegal.

Otro de los capítulos analiza los estereotipos de género, ya que en la narrativa de la “guerra contra las drogas” las mujeres suelen ser representadas como “adictas, mulas, amantes o víctimas”, incapaces de desempeñar un papel significativo porque son “débiles, pasivas, impotentes y no confiables”.

Cecilia González

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