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La peor relación que he tenido nunca: odio internet

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Estoy en una relación que ya no me satisface. Es una relación de muchos años, monótona, aburrida, que funciona por automatismos. Ya no sacia mis deseos, ni sabe lo que necesito, ni me da lo que busco; es solo una compañía vacua que me llena de insatisfacción y me hace sentir perdida, menos yo misma. Diría que es, incluso, una relación tóxica que me arroja a la hipervigilancia y me provoca inseguridades y deseos impropios de mí; un callejón sin salida donde la otra parte sale siempre ganando, mientras ahonda mi sentimiento de soledad.

Aunque esta relación no me aporte nada, no puedo dejarlo. ¿Qué sería de mí sin él? Paulatinamente, me ha abandonado en una situación de desventaja y yo he tardado años en darme cuenta. Si cortase esto ahora, estaría aislada, sin conexión con el mundo exterior, sin amigos ni relaciones sociales, sin temas de conversación, que compartir o intereses comunes. Me siento condicionada, usada, controlada y menospreciada, pero no sé cómo parar esto. Me confieso aquí al respecto porque es bastante probable que el lector esté en la misma situación que yo. Por supuesto, me refiero a mi relación con internet.

Sin duda no soy ajena al efecto que el mero paso del tiempo hace en una relación. Yo ya no soy una muchacha; internet, tampoco. Nos conocimos mucho antes de que se popularizara la palabra selfie o de que el marketing digital ya no fuese solo una forma de ganarse la vida, sino una praxis diaria, gratuita, prácticamente forzosa. Entonces, yo estaba más buena y él era un alternativo. Mis amigos — quizá también ustedes — tenían más pelo. En fin, otra época. Sé que parte de este hartazgo viene del tiempo perdido, pero no es solo eso. Entre nosotros se han posado los estragos del tiempo, pero no sus frutos: en vez de disfrutar del respeto, la confianza y el cálido abrazo de lo conocido, siento desasosiego, dudas, desprotección y, lo que es más humillante para ambos, desprecio.

¿Qué nos ha ocurrido? ¿Cómo hemos pasado de los días de romance y anticipación a este rutinario abuso de confianza y poder? No me eximo de culpa; quizá, como a tantos otros, se nos rompió el amor de tanto usarlo — y yo lo he usado quizá con demasiada frecuencia, con demasiada fruición —. No he sido responsable y, como ocurre con los lazos repentinos y fogosos, no he cuidado mi relación con otros medios; poco a poco me he hecho dependiente y cada vez le pedía más tiempo, pero de menor calidad.

Foto: Google estaría estudiando cambiar su modelo de negocio (Europa Press/Andrej Sokolow)

Pero la culpa no es solo mía. Él — internet — también ha cambiado, su actitud es otra. Literalmente, ya no me da lo que busco: necesito información y me ofrece publicidad, necesito referentes y me sugiere productos. La calidad de las herramientas de búsqueda — o mejor dicho, la monopolística herramienta de búsqueda — ha disminuido hasta el ridículo; es evidente que sus prioridades ya no son las mismas que antes y yo — y ustedes y todos los usuarios — no somos una de ellas. De hecho, siendo francos con nosotros mismos y la relación que hemos permitido que internet forje, ya no somos usuarios, sino sus falsos autónomos y, a la vez, su último producto de comercialización.

Aunque me sienta aislada en esta degenerada experiencia, no estoy sola. El odio a internet está ahí, a poco que se busque, en las calles, los puestos de trabajo y las casas y, por supuesto, en el propio internet, especialmente en Reddit — ¿dónde si no? — uno de los pocos sitios que visito de tanto en tanto con esa mezcla de curiosidad y precaución que invadía una búsqueda en internet, la esencia misma de la aventura.

Foto: Marta G. Franco, autora de 'Las redes son nuestras'. (Elvira Megías)

Cada cual lo vive a su manera, de forma personal, como toda relación y ruptura. Los hay que se hacen luditas, los hay que se ponen bucólicos, los hay que se inclinan por la nostalgia y la melancolía y los hay que piden, por favor, renovar sus votos con la tecnología, frente a toda la comunidad de internet como testigo. Sin embargo, más allá de marcos ideológicos y particulares sensibilidades, hay puntos en común en estos conflictos personales con la red. Todos hablan de esta extraña percepción de sentirse utilizados, de alguna manera que no siempre saben concretar, y sobre todo sufren la sensación de pérdida de algo que era suyo, nuestro, y ya no lo es.

Estas son las resacas emocionales de lo que Marta G. Franco llama en su libro Las redes son nuestras como el robo de internet, o mejor dicho los robos de internet, pues enumera unos cuantos. Algunos son simbólicos — ¿quién no ha sentido que su atención y su tiempo se perdían al otro lado de la pantalla? — pero la gran mayoría son robos reales, robos materiales, económicos, estratégicos. Robos de nuestras ideas y nuestras innovaciones, del dinero público con el que se han financiado los avances tecnológicos para ser luego explotados de forma privada, robos de nuestras estrategias comunicativas y nuestras maneras de forjar lazos y conocimientos.

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Regidos por una lógica algorítmica, alimentamos aplicaciones y redes sociales — ubi sunt las páginas de referencia de consulta diaria — con contenido constante, con interacción ansiosa, con atención desatenta. Como en las peores relaciones, seguimos en una espiral de frustración y recompensa inconsistentes, en la que la negación del placer forma parte de su búsqueda perpetua. Recordamos aquellas sensaciones, la otra parte nos ofrece la promesa de recuperarlas e insistimos en ello. ¿Acaso algo tan bonito no merece la pena? Nos rompen el corazón y lo volvemos a intentar. Un ciclo demasiado sensible, demasiado humano, regido por una industria sin emociones. Estoy pensando en dejarlo.

Estoy en una relación que ya no me satisface. Es una relación de muchos años, monótona, aburrida, que funciona por automatismos. Ya no sacia mis deseos, ni sabe lo que necesito, ni me da lo que busco; es solo una compañía vacua que me llena de insatisfacción y me hace sentir perdida, menos yo misma. Diría que es, incluso, una relación tóxica que me arroja a la hipervigilancia y me provoca inseguridades y deseos impropios de mí; un callejón sin salida donde la otra parte sale siempre ganando, mientras ahonda mi sentimiento de soledad.

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