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Infancia y violencia de género: Cuando el monstruo vive en casa

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“Aurora estaba asustada. Todas las noches, cuando papá volvía a casa, traía un monstruo consigo”. Es un fragmento de “El chubasquero de Aurora”, un cuento escrito por María Márquez e ilustrado por Paco Ortega. Como sanitaria, la autora conoce muy bien el problema y subraya: “Las familias muchas veces callan. Y hay que darle voz a la violencia; la violencia hay que contarla, hay que decirla para que se sepa y poder actuar”. Aurora es una niña que experimenta en la ficción lo que otros muchos niños y niñas sufren a diario en sus casas: el maltrato, el miedo, el silencio generados por la violencia contra sus madres. Son sus víctimas ocultas y, muchas veces, ignoradas. Su “Aurora” se inspira en un caso real que conoció en urgencias.

En el cuento, Aurora expresa sus angustias y temores a través de su chubasquero, regalo de su madre para que no la cale el miedo. Al principio es blanco y con botones de colores, pero va perdiendo su brillo y se vuelve cada vez más gris y oscuro a medida que aumenta la violencia.

La pequeteca – ‘El chubasquero de Aurora’ – 09/11/20 – Escuchar ahora

En la cárcel del maltrato

Ansiedad, rabia, tristeza, desconfianza, baja autoestima, trastornos de sueño, fracaso escolar o imitación de la violencia son algunos de los efectos en los menores que han tenido que convivir con la violencia de género.

Grises, negros, colores fuertes, trazos enérgicos. Expresiones infantiles sobre el papel de la violencia que sufren, de la angustia que les atenaza. Y eso, si pueden. Otros se encierran en silencio en sus cuartos. Como las hijas de María, a las que su padre les prohibía incluso llorar y nunca mostraron lo mucho que les afectaba la violencia diaria que las rodeaba. No pudieron dar rienda a sus emociones ni expresar su propio dolor hasta que intervino la policía y su madre, muy maltratada, se separó y lograron construir un nuevo hogar libre de monstruos.

En este sentido, puede decirse que María y sus hijas son afortunadas. Como Aurora y su madre en el cuento, han logrado romper las ataduras y, sobre todo, no han normalizado el maltrato y la violencia como tolerables o inherentes a cualquier relación. El negro ha salido de sus vidas y visten de muchos colorines como Aurora, cuyo chubasquero se torna violeta, “el color de la igualdad, del coraje y la libertad” como detalla el curso y sus grandes botones recuperan sus diversos colores.

Otras víctimas no lo consiguen. Desde 2013, la violencia de género ha dejado 310 menores huérfanos. Desde ese año, 39 niños y niñas han sido asesinados por sus padres o parejas de sus madres. Gran parte de las mujeres que sufren violencia de género son madres. De las 45 mujeres asesinadas por su pareja en 2020, 15 eran madres y dejaron 26 menores huérfanos. La protección de sus hijos e hijas, la incertidumbre ante su futuro y la falta de medios para mantenerlos suelen ser un factor decisivo a la hora de denunciar las situaciones de violencia y decidir abandonar el hogar.

Las otras víctimas de la violencia de género

Romper el silencio, cerrar las heridas

Un maltratador no puede ser un buen padre y los menores son víctimas directas

Irina Núñez trabaja en la Comisión para la Investigación de malos tratos a mujeres como psicóloga clínica con menores afectados por la violencia de género. Y subraya dos puntos esenciales: un maltratador no puede ser un buen padre y los menores son víctimas directas, no indirectas, de la violencia de género y, por tanto, han de ser una prioridad, ya que, a veces, se tiene más en cuenta al padre o a los adultos que a las niñas y niños.

Núñez insiste: “Hay que escucharlos porque, aunque sean pequeños, saben perfectamente cómo se sienten, lo que quieren y lo que necesitan”. La terapia, un buen entorno social y la ayuda institucional son muy importantes para que rompan sus silencios, reparen sus heridas y reconduzcan sus vidas. Pese a las cicatrices, pese al poso que deja el maltrato.

Ella no tenía el modelo real, el modelo de un papá bueno

Para ello, es preciso no tapar u obviar el problema, el conflicto. “Además, de los daños psicológicos y físicos de la posible violencia intergeneracional, de la posible violencia vicaria que estuviera sufriendo esta pequeña, el modelo de padre que esta niña tenía era el de un padre al que le acompañaba el monstruo de la violencia de géneroElla no tenía el modelo real, el modelo de un papá bueno, generoso, cuidador, protector y amoroso”, considera María.

La importancia de la educación

En los niños hay algo que es fácil de reconocer en su mirada. No hace falta que hablen

“El chubasquero de Aurora” no solo es un cuento, sino un instrumento de formación e incluye un apéndice, una guía educativa por edades para trabajar con los menores la violencia de género. “En los niños hay algo que es fácil de reconocer en su mirada. No hace falta que hablen. En cuanto les rozas una mano, ellos en seguida te la cogen; o tienen necesidad de un abrazo que les sale de forma espontánea; o, al contrario, están metidos hacia dentro, están cohibidos”, indica María Márquez.

Por ello, insiste, es tan necesaria, desde edades tempranas, la educación en igualdad. Para que sepan cuándo, dónde y a quién tienen que pedir ayuda. Y ponerse a salvo, como Aurora bajo “el brillante color violeta de ese chubasquero, que la protege de la lluvia e hizo resbalar su miedo para siempre”.

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